domingo, 22 de abril de 2007

Nuevas religiones

"Como hombre solitario que soy me encuentro, a veces, no sé por qué conspiración de la fatalidad, dejando escapar el tiempo sentado en el banco de alguna plaza o centro comercial bajo el simple pretexto de observar a los que me rodean. Acompañado de tantos me parece no estar tan solo y por momentos me disuelvo en esa humanidad de la que pretendo huir; tan admirado como estoy en cada momento de muchas vidas, cada pequeño instante de alguien, que de seguro, jamás volveré a ver.

No hará mucho que deambulaba pensativo por uno de estos centros comerciales, tan ampuloso como estas líneas; enorme edificación, rutilante hormiguero donde reunidos a cientos se deleitan mis congéneres con todo tipo de trivialidades a los que ellos dan mucha importancia. Qué paisaje más extraño, me dije a mi mismo, mientras caminaba por aquel decorado observando atónito la aséptica perfección del mármol, el yeso y el hormigón armado; la pulcritud elástica de los plásticos, metales y fibras: entorno adulterado mucho más deseado que cualquier manifestación natural.

¡Qué es un paisaje enramado de olorosas flores donde se albergan los trinos de las más graciosas avecillas si no hay cafetería, aire acondicionado, ni MacDonalds!. Todas las delicias de este mundo se encuentran, pues, por un módico precio, unas frente a otras, en estos paraísos terrenales de fin de semana. Los nuevos templos donde una miríada de adeptos, para matar el tedio y otros tipos de aburrimiento, van a reverenciar el género de sus insignes reliquias.

Sobrecogido como estaba por tanta afluencia, yo, sobrio practicante de esta religión, yo, que creía que el hombre no es animal social, decidí sentarme en un banco, al amparo del anonimato, cosa fácil por lo escuálido de mi figura; y opté por que mis ojos tomasen vida propia y subversivos se entretuviesen de aquí allá: nada, pues, parecía escapar a mi animada curiosidad.

Por allí iba uno con el pelo engominado, los andares sueltos, como el que se pasea por su casa en pantuflas, la expresión vacua, el porte satisfecho del hombre que cree tenerlo todo en la vida, mujer e hijos incluidos (bienes inmuebles que corretean de aquí para allá sin parar mientes en nada) regalando gustosamente su parco jornal en esas tiendas de naderías. Más allá se paseaba otra echa un figurín, una adolescente de treinta años con sus vaqueros ajustados, toda su persona un anuncio ambulante de diversas marcas textiles, ensimismada en una conversación sobre el último Narciso de la televisión, ante su rostro palidecería la paleta del Veronés, difícil de imaginar sin su móvil en la mano. (Fabuloso artefacto tan útil para unos como importuno es para otros; no puedo dejar de preguntarme que sería de los hombres sin su invención y que fue de aquellos desdichados que jamás lo conocieron.)

La juventud alborotada con el corazón henchido de deseos materiales a falta de ideales y el cuerpo cubierto de alhajas y otras bagatelas muy costosas, se deleita frente a los escaparates suspirando por un par de zapatillas y envidiando al afortunado que ya las calza. He aquí el culmen de la elegancia, el máximo grado de refinamiento y prestigio. Algunos de estos mozos dejarán de seguro sus estudios para procurarse un trabajo que les procure, a su vez, las deportivas, amén de una motocicleta con la que pasearse fatuos por las calles como hacían antaño los dandis por las Tullerías.

Un par de ancianas, en su particular tour de establecimiento en establecimiento, se recreaban en contemplar, tocar y sorprenderse ante las últimas creaciones del ingenio humano, así disfrutan matando la tarde como quien pasea por un museo. Un poco más de lo mismo por allí y otro tanto más por allá; en fin, pasaban por mi lado en tropel, como ganado lanar; esquilados todos por el mismo sastre.




viernes, 6 de abril de 2007

Los "animales humanos"

"Yo vengo a ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo, como se echará de ver en mis escritos". No pretendo, pues, ejercer de sabio, ni deseo legiones de ansiosos acólitos que malgasten su vista frente al destello del monitor. Aun a sabiendas de resultar aburrido (largos años de hambruna y sequía para mi casilla de comentarios) no regaré estas lineas con pasajes recurrentes o tronchantes.
He malgastado mi vida, como un J.J. Rousseau, evitando en la medida de lo posible todo lo concerniente a los hombres. Cuantas veces no he maldecido mi suerte por no tener la de un Robinson Crusoe, un Plunio, o un Adolfo Suárez; ese famoso anacoreta. Largos años de reclusión y ostracismo y aun así no he podido sustraerme a mi condición de "persona humana". Definición del hombre comúnmente aceptada y muy en boga, hoy en día, entre los desheredados. Baste encender el televisor para escuchar como salta de boca en boca, estas palabras, entre los que pierden su dignidad.
Hagamos un alto en el camino, amigo lector, pues me apetece ejercer de lo que desconozco, vicio por lo demás muy generalizado entre los hombres, y razonaré como linguista. Me niego a digerir sin cierto disgusto ese "Somos personas humanas" pues se me antoja una desafortunada redundancia o un indigesto pleonasmo. Como si en el sustantivo persona no se hallase intrínseca su definición "Individuo de la especie humana" y en el de humano "Perteneciente o relativo al hombre". Como pueden ver ambas palabras vienen a ser lo mismo.
De modo que estaría a bien economizar diciendo "¡No hay derecho, a tal o cual cosa, soy una persona!" o si se prefiere "¡No hay derecho, a esto o aquello, soy un ser humano"!. No conozco ningún "perro humano" ni ninguna "vaca persona". Pero si, en cambio, a lo largo de mi vida me he topado con alguna que otra "persona animal" o más bien con algún "animal humano".
No es facil reconocer a primera vista a uno de estos "animales humanos" aunque alguno piense que abundan por estas tierras como en nuestros polígonos industriales las multinacionales Estadounidenses. No definiré como tales a esos hombres y mujeres de condición humilde, amantes de los placeres terrenales y carentes de toda educación; aquellos que desde hace eónes vienen engrosando la larga lista de la plebe y que hacen honor a la definición de "persona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera". No es de ese tipo de animales de los que quiero disertar pues, ¿A caso no representan a la mayoría de todos nosotros por más que pretendamos disimularlo?. No nos entrometamos en sus anodinas existencias y dejemos que discurran en su tranquila vacuidad, en sus inalterables pagos de letras, en sus milagros para llegar a fin de mes, en su adoración sempiterna a ese todo poderoso Neo-dios Caja Tonta( pronunciando su nombre en vano me arriesgo a cometer blasfemia; ruego a sus numerosos creyentes me perdonen) y durmiendo como corderitos en sus jaulas doradas. Estos miserables, entre quienes me incluyo, los definiré como "Animales animales" y nos basta con algo de sol, una Coca-Cola fresquita y verdes prados de "Pan et circus".
Hablo, sin embargo, de ese otro tipo de seres que un buen día, nadie sabe cómo, decidieron segregarse de la rama evolutiva del "animal animal" para convertirse en una especie superior que denominaré como "animal humano". Si damos por cierto la tehoría de que unos extraterrestres nos acomodaron en este gran terrario que es la Tierra, estos "animales humanos" fueron alimentados desde su nacimiento con ese jugo que en las colmenas distingue entre unas simples obreras de esas reinas acicaladas. Esos hombres y mujeres que desde su posición de poder y bajo sus probos juicios dirigen los designios de las pobres personas llevando a cabo las mayores animaladas pensables. Esquilmando al trabajador, lanzando al soldado a la guerra, sembrando de polución nuestros rios, en fin, carentes de todo lo que entraña el adjetivo humano. En mi corta existencia he podido observar, no sin pavor, como estos "animales humanos" alcanzan los puestos más altos en la sociedad; pues saben cubrir con sus mascaras toda su falta de escrúpulos y humanidad. Personas que ocultan su condición animal ante sus semejantes para desarrollarla, rozando el paroxismo, en la intimidad de sus hogares.