"Como hombre solitario que soy me encuentro, a veces, no sé por qué conspiración de la fatalidad, dejando escapar el tiempo sentado en el banco de alguna plaza o centro comercial bajo el simple pretexto de observar a los que me rodean. Acompañado de tantos me parece no estar tan solo y por momentos me disuelvo en esa humanidad de la que pretendo huir; tan admirado como estoy en cada momento de muchas vidas, cada pequeño instante de alguien, que de seguro, jamás volveré a ver. No hará mucho que deambulaba pensativo por uno de estos centros comerciales, tan ampuloso como estas líneas; enorme edificación, rutilante hormiguero donde reunidos a cientos se deleitan mis congéneres con todo tipo de trivialidades a los que ellos dan mucha importancia. Qué paisaje más extraño, me dije a mi mismo, mientras caminaba por aquel decorado observando atónito la aséptica perfección del mármol, el yeso y el hormigón armado; la pulcritud elástica de los plásticos, metales y fibras: entorno adulterado mucho más deseado que cualquier manifestación natural.
¡Qué es un paisaje enramado de olorosas flores donde se albergan los trinos de las más graciosas avecillas si no hay cafetería, aire acondicionado, ni MacDonalds!. Todas las delicias de este mundo se encuentran, pues, por un módico precio, unas frente a otras, en estos paraísos terrenales de fin de semana. Los nuevos templos donde una miríada de adeptos, para matar el tedio y otros tipos de aburrimiento, van a reverenciar el género de sus insignes reliquias.
Sobrecogido como estaba por tanta afluencia, yo, sobrio practicante de esta religión, yo, que creía que el hombre no es animal social, decidí sentarme en un banco, al amparo del anonimato, cosa fácil por lo escuálido de mi figura; y opté por que mis ojos tomasen vida propia y subversivos se entretuviesen de aquí allá: nada, pues, parecía escapar a mi animada curiosidad.
Por allí iba uno con el pelo engominado, los andares sueltos, como el que se pasea por su casa en pantuflas, la expresión vacua, el porte satisfecho del hombre que cree tenerlo todo en la vida, mujer e hijos incluidos (bienes inmuebles que corretean de aquí para allá sin parar mientes en nada) regalando gustosamente su parco jornal en esas tiendas de naderías. Más allá se paseaba otra echa un figurín, una adolescente de treinta años con sus vaqueros ajustados, toda su persona un anuncio ambulante de diversas marcas textiles, ensimismada en una conversación sobre el último Narciso de la televisión, ante su rostro palidecería la paleta del Veronés, difícil de imaginar sin su móvil en la mano. (Fabuloso artefacto tan útil para unos como importuno es para otros; no puedo dejar de preguntarme que sería de los hombres sin su invención y que fue de aquellos desdichados que jamás lo conocieron.)
La juventud alborotada con el corazón henchido de deseos materiales a falta de ideales y el cuerpo cubierto de alhajas y otras bagatelas muy costosas, se deleita frente a los escaparates suspirando por un par de zapatillas y envidiando al afortunado que ya las calza. He aquí el culmen de la elegancia, el máximo grado de refinamiento y prestigio. Algunos de estos mozos dejarán de seguro sus estudios para procurarse un trabajo que les procure, a su vez, las deportivas, amén de una motocicleta con la que pasearse fatuos por las calles como hacían antaño los dandis por las Tullerías.
Un par de ancianas, en su particular tour de establecimiento en establecimiento, se recreaban en contemplar, tocar y sorprenderse ante las últimas creaciones del ingenio humano, así disfrutan matando la tarde como quien pasea por un museo. Un poco más de lo mismo por allí y otro tanto más por allá; en fin, pasaban por mi lado en tropel, como ganado lanar; esquilados todos por el mismo sastre.

